El orden que ahora vemos tambalearse también puede quedar derrotado por su propia insuficiencia y por el incumplimiento de sus promesas
Casi nadie hace lo que dice. El diagnóstico vale para los individuos, pero también para colectivos o sociedades enteras. En nuestros días solemos repetir dos mantras con gran prestigio intelectual que, sin embargo, rara vez pasan de la retórica: el elogio del pensamiento crítico y la invocación constante a la complejidad del mundo. Aparecen en discursos empresariales, en la publicidad educativa y en conferencias motivacionales, pero escasean cuando llega el momento de actuar.
Lo paradójico es que apelamos a la complejidad de nuestra circunstancia y la urgencia del pensamiento crítico al tiempo que formulamos diagnósticos simplistas y proscribimos la función más apremiante de ese pensamiento crítico, que no es otra que la autocrítica. Predicamos la crítica y la complejidad, pero practicamos la autoindulgencia y la simplicidad.
Esta contradicción vuelve a hacerse visible en el modo en que tendemos a evaluar la intervención de Donald Trump en Venezuela. Subrayar los pocos escrúpulos del presidente estadounidense, su nulo compromiso democrático o el carácter impúdico de su política exterior resulta imprescindible, pero a buen seguro insuficiente. Del mismo modo, invocar el derecho internacional o lamentar la quiebra del multilateralismo es una actitud tan oportuna como complaciente.






