Tras la intervención en Venezuela, el presidente de Estados Unidos se siente cada vez más libre para actuar sin cortapisas frente a otros gobiernos
La escena en la Sala Este de la Casa Blanca este viernes era casi la de una corte medieval. En el centro un emperador, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, eufórico, tras la operación militar de su país en la que se secuestró en Caracas a Nicolás Maduro, y rodeado de sus principales asesores. A su alrededor, empresarios de las grandes multinacionales petroleras, llegados de todo el mundo par...
a rendirle pleitesía y aspirar a un pedazo en el reparto del sector energético de Venezuela. “Es algo histórico”, le aseguró su secretario de Estado, Marco Rubio. “Una operación magnífica”, le felicitó su vicepresidente, J.D. Vance. “Ha dado esperanza a la gente de Venezuela”, declaró Ryan Lance, de Conoco Phillips. “Gracias por lo que ha hecho”, dijo Bryan Sheffield, de Parsley Energy.
Tras el ataque en Caracas, Trump se siente pletórico. Lo que considera un éxito sin paliativos —la captura del presidente venezolano sin bajas estadounidenses en una operación de película de las muy taquilleras—, reivindica su concepción del mundo. Es una visión en la que su país, y sobre todo él mismo, gozan de patente de corso para actuar como quieran, para coaccionar a otros gobiernos, expoliar recursos naturales y no tener que responder ante el derecho internacional. Un poder global prácticamente ilimitado en el que, según una de sus metáforas favoritas, él es quien tiene todas las cartas ganadoras.






