La intervención militar contra Maduro es la muestra más representativa de la política exterior que pretender extender el presidente de Estados Unidos

Donald Trump basó su campaña como candidato presidencial en la promesa de no intervenir en guerras extranjeras, no volver a llevar a las fuerzas estadounidenses a conflictos eternizados como los de Irak o Afganistán y, por supuesto, no involucrarse en esfuerzos de reconstrucción de países. Tras su llegada al poder, ha bombardeado posiciones hutíes en Yemen y del ISIS en Siria, ha atacado Irán y territorio de Nigeria. Pero su intervención en Venezuela sin autorización del Congreso, y al estilo de los golpes que Washington perpetró durante décadas en América Latina, es —por su ambición, su alcance y su desprecio a las reglas internacionales— la más representativa del nuevo orden que el presidente republicano quiere imponer en el mundo.

En sus declaraciones desde su residencia privada en Mar-a-Lago, Florida, el mismo sábado y apenas diez horas después del ataque que capturó al presidente Nicolás Maduro —ahora detenido en Nueva York a la espera de juicio—, Trump anunció que Washington “gestionará” Venezuela. El país caribeño se convertirá durante tiempo indefinido en una especie de protectorado en el que las empresas petroleras norteamericanas serán las reinas. Y donde los líderes locales tendrán que hacer lo que Estados Unidos les ordene o “lo pagarán muy caro”, según declaraba en una entrevista telefónica a la revista The Atlantic.