No solo dedicaste tu vida a luchar por la dignidad de los humildes, sino que la encarnaste

Decías que no te ibas a morir nunca y te nos fuiste la noche de Reyes, tú que eras republicano. Si alguien te lo hubiera anunciado, habrías negado con la cabeza, te habrías cagado en Dios y luego te habrías reído. Pero el Altísimo es un tío divertido e igual esta es su pequeña venganza por tus improperios.

Decías que no te ibas a morir nunca y así titulé una columna que escribí en el primer cumpleaños que celebramos tras la muerte de la abuela, creo que te caían 85. Allí estábamos todos: tus seis hijos vivos, tus veintimuchos nietos, tus nueve bisnietos y el perro Matute. El día de tu entierro abrí una caja que tenías en la habitación —sabes que siempre fui muy bacina— y junto a una bolsa con pesetas y alfileres de boda me encontré la columna recortada. En la parte superior habías escrito, con esa letra titubeante y llena de florituras que tenéis los niños de la posguerra: “17 de julio. Qué bien lo pasamos. Pero yo tuve ratos medianos porque echaba de menos a mi María. Nunca la olvidaré”.

Aprendiste a hablar de amor pasados los 80, cuando tu María se fue y empezaste a tener ratos medianos. Tú que decías que las flores no valían para nada, que solo plantabas cosas que sirvieran (y por cosas que sirvieran entendías, claro, que se comieran), fuiste cada día al cementerio para regar las macetas que colocaste sobre su tumba. Así nos enseñaste que uno no deja nunca de cambiar, y eso que la flexibilidad no fue uno de tus dones.