Mientras la mayoría de los estadounidenses desaprueba la captura del presidente de Venezuela, entre estos dos exilios ha crecido la admiración y agradecimiento hacia el republicano

Habría que hacerle una estatua a Donald Trump justo al lado de la de Simón Bolívar en la plaza del centro histórico de Caracas, donde todo el que pase recuerde que a Venezuela primero la liberó un venezolano y luego un estadounidense. Carlos Muñoz, un electricista, residente en Estados Unidos desde hace diez años, cree que esa sería la mejor forma de honrar al republicano y devolverle la alegría que ahora les ha dado a gente como él y como Yanet Tensenberg, su coterránea. “La única forma de que salieran del Gobierno era con una intervención militar”, dice él. Ella asiente, y añade: “Trump es un hombre de palabra”.

Muchos de los congregados afuera del tribunal del distrito sur de Manhattan el 5 de enero aseguran no haber dormido en días, desde que sus familiares en Venezuela los despertaran y les hicieran saber que Maduro había sido capturado por Estados Unidos y llevado hasta el Centro de Detención Metropolitano de Brooklyn, para presentarse ante la justicia en el edificio frente al cual estaban ellos ahora. En su primer mandato, Trump prometió que desembarcaría con marines en Caracas. Nunca sucedió. En su segunda Administración, desplegó desde el verano un aparataje militar en el Caribe que algunos no imaginaron que desembocara en Fuerte Tiuna, el fortín del chavismo.