Líderes campesinas fomentan métodos de cultivo sostenibles mientras introducen en su discurso distintas nociones de feminismo

En un país tan patriarcal como Indonesia, Sayu Komang vende su cóctel de feminismo y agroecología puerta a puerta, adentrándose con sutileza en los hogares de las campesinas. “Si organizara talleres comunitarios, es probable que solo acudieran hombres”, sostiene esta líder rural que lleva 25 años convenciendo a las agricultoras de Bali sobre la importancia de preservar sus semillas y formas de cultivo indígenas. “Me meto en sus casas, me enseñan su pequeña parcela de tierra, hablamos de recetas saludables, de remedios caseros, de ceremonias”. En la famosa isla, de mayoría hinduista, se utiliza lo que da el suelo para un sinfín de rituales politeístas: “Honramos a Brahma, a Shiva, a otros dioses conectados con el agua, las plantas, los animales… ¡No sabe usted la cantidad de ofrendas que hacemos!”, dice, riendo.

La estrategia de Komang no enfrenta el machismo cara a cara. Más bien lo asume como algo, por ahora, inevitable. Pero surte efecto. Cuenta que los recelosos maridos bajan la guardia al comprobar que solo se trata de mujeres departiendo sobre fe, salud o alimentación. “Me resulta mucho más fácil acercarme a ellas a través de la idea de familia y de su capacidad de decisión en ese ámbito, que es casi total. Con ese gancho, los hombres se muestran mucho más dispuestos a dejar que su esposa adquiera nuevos conocimientos”, prosigue Komang.