Los que esperaban el cambio se han encontrado de pronto habitando una caricatura: Donald Trump es hoy quien pilota la revolución bolivariana
La intervención militar orquestada por Estados Unidos para secuestrar a Nicolás Maduro ha tenido la impronta de una gran producción televisiva en la que los guionistas han construido un relato heroico en la que no ha habido sangre por ninguna parte. Las explosiones de fondo, los disparos, el barullo de los aviones y los helicópteros, ...
y de inmediato la transición hacia la figura de un líder esposado y humillado: el chándal gris, las gafas oscuras, los cascos, la botella de agua. Los muertos solo aparecen como un detalle menor, una cifra en letra menuda. Donald Trump, el artífice de la maniobra, la presentó como si se tratara de un gran espectáculo —otro más de los suyos—, una aparatosa exhibición del apabullante poderío estadounidense. Y ha tenido, además, el formato de un sofisticado juego de ordenador trasladado al mundo real, en el que el presidente depuesto felicita el Año Nuevo a sus carceleros y posa después con los pulgares hacia arriba como si el vencedor de la partida fuera él.
Al otro lado de la trinchera, el chavismo, que llamó inmediatamente a la lucha armada para frenar el golpe: “Todo el país debe activarse para derrotar esta agresión imperialista”. Los bravos constructores del socialismo del siglo XXI se disponían a demostrar su coraje y su determinación frente al enemigo de siempre, pero la cosa quedó en nada. Un poco de ruido de las motocicletas de sus partidarios, y unas cuantas horas después las cámaras enfocaban a Delcy Rodríguez en el momento de jurar como presidenta encargada de Venezuela, vestida con un elegante traje de color verde con un broche dorado, y sus pendientes y sus pulseras y sus manos juntas como si fuera a rezar a las alturas agradeciendo que se le otorgara la dicha de conducir a su pueblo. Nadie sabe exactamente hacia qué lugar.









