Doña Rosita huyó de Colombia hace más de 50 años por la pobreza y la violencia. Llegó a la Caracas de los setenta, una ciudad cosmopolita en la que había muchos más lujos que en su pueblo. Fue como aterrizar en otro planeta. En la capital venezolana circulaban coches de alta gama por las autopistas y la clase media-alta pasaba fines de semana en Miami. En ese tiempo llovían los petrodólares que ingresaba el país por la exportación masiva de crudo.
En 1992 empezó a circular el rumor de que se iba a cometer un golpe de Estado contra Carlos Andrés Pérez, el presidente. Ella fue al supermercado a comprar arroz, lentejas y comida enlatada. Sus vecinos le decían que era una exagerada, que no iba a pasar nada. Y pasó. El comandante Hugo Chávez intentó derrocar a Pérez, aunque no lo logró. Igualmente, fueron días de zozobra y ansiedades. No para ella, que podría haber sobrevivido meses sin salir de casa.
Ahora ocurre algo parecido: todo son contradicciones. Enciende la televisión y ve al presidente, Nicolás Maduro, vestido de militar. Ve misiles, buques, hombres con fusiles. Sale a la calle con el susto en el cuerpo y la gente le dice que no hay nada de lo que preocuparse. “¿Cuál guerra, doña Rosita? Puro show“, le bromean. No se fía, así que ha vuelto a aprovisionarse de víveres. A doña Rosita el fin del mundo no la va a pillar desprevenida.






