Hay dudas sobre el papel del ministro de Defensa, Padrino López, y los intereses alrededor de las Fuerzas Armadas bolivarianas
Mientras el mundo sigue atónito el reacomodo de la vicepresidenta Delcy Rodríguez ofreciéndose a trabajar conjuntamente con Estados Unidos, los ojos de Venezuela siguen de cerca los movimientos en el ejército como el gran actor en la sombra capaz de dar salida a la situación o de enrocarse y plantar cara a la agresión estadounidense.
La madrugada del 3 de enero todo el entramado defensivo venezolano saltó por los aires: el armamento ruso, incluidos los sukoi de los que presumía el madurismo y que torturaban con sus sobrevuelos a los caraqueños, los sofisticados sistemas defensivos chinos o el círculo de seguridad cubana, quedó inutilizado en pocos minutos. De hecho, el golpe a las telecomunicaciones fue tan contundente que tres días después de la detención de Maduro el ejército venezolano sigue inoperativo, han reconocido algunos de los soldados heridos aquella madrugada. Incluso el presidente cubano, Miguel Díaz-Canel reconoció que 32 soldados cubanos murieron en “acciones combativas”, durante la intervención estadounidense. Díaz-Canel admitía de esta forma un secreto a voces y es que desde hace dos décadas la estrategia defensiva de la presidencia venezolana: la cámara acorazada, las distintas viviendas en las que dormía el matrimonio presidencial o los muchos teléfonos que utilizaban Maduro y su esposa estaban a cargo del llamado primer círculo de defensa y que todo ello se vino abajo en dos horas, el tiempo que duró el operativo sobre Caracas de los soldados del Delta Force y el 160 Regimiento de Aviación de Operaciones Especiales.








