Si hacen elegir al aficionado del Carlos Tartiere entre una leyenda viva y cualquier míster es fácil adivinar la respuesta

Ver un partido de fútbol cuando los resultados no dependen de los presupuestos, es decir, de la capacidad para fichar a los mejores, es, sobre todo, un ejercicio de fe. El forofo de un equipo pequeño elige creer: que puede ganar al que es más grande; que uno de sus delanteros puede tumbar al portero que gana chiquinientas veces más y su guardameta evitar el gol de un balón de oro. La pelota no tiene dueño hasta que empieza a rodar y los más humildes se saben el Padre nuestro igual de bien que el Papa. Después de todo, David contra Goliat es un relato bíblico. El mundo, además, sería mucho más aburrido si no hubiera gente dispuesta a apostar contra Goliat y el fútbol menos bonito y emo...

cionante si David no ganara algunas jornadas.

Explicaba Javier Cercas que uno de los propósitos de su último libro, El loco de Dios en el fin del mundo, era “tratar de entender una institución que tiene 2.000 años de historia”, la Iglesia católica. El Real Oviedo no llega a tanto, pero en su centenario, que se celebra este 2026, ya hay bastante de milagro. En 2012 se enfrentó a una causa de disolución porque le faltaban dos millones de euros y una web en ocho idiomas, hecha por un aficionado, consiguió multiplicar los panes y los peces: 36.962 personas de 86 países compraron acciones del equipo, entre ellos, el actual alcalde de Nueva York. Previamente, otro regidor, pero este, de la capital asturiana, había tratado de cargarse al equipo inventándose otro, el ACF, más conocido como “El Engendro”.