Choque de estilos y tablas (2-2) entre dos equipos que firmaron un partidazo de fútbol

La fe mueve montañas y hay pocas que se le resistan a este Espanyol, que con poco hace mucho, que con un fútbol sin manufacturar le alcanza para aspirar a Europa. Eso le aclaró al Celta, juego de frac y diamantes, oda al buen gusto, pero insuficiente para doblegar la creencia blanquiazul. Empate de librillos antagónicos, aunque espectáculo por barba.

Fiel a su manual, el Espanyol jugó con su fútbol directo sin adornos, pases verticales en búsqueda de la carrera y el desmarque del punta. Nada inane porque el equipo siempre tiene el plan B, ese que pasa por las segundas jugadas. Para ello, el equipo debe estar junto y comprometido con la idea, feroz en la lucha para llevarse la pelota dividida. Algo primitivo que, sin embargo, le salió de rechupete al inicio del curso, pero que con el paso del tiempo parecía raquítico, pues sumaba un punto de los ultimos 18. Aunque ante el Celta, después de ver las orejas al lobo, volvió por sus fueros, con la gazuza del aprendiz, con la firmeza del creyente.

No se amilanó el Celta, con una hoja de ruta en las antípodas, siempre con la idea de ser protagonista con el balón entre las botas, feliz con el juego asociativo, toque y voluntad ofensiva. Aunque desvencijado también en las últimas fechas, pues contaba un punto de nueve posibles, el equipo vigués necesitaba hilvanar buen fútbol para creer en su idea, para edificar desde los cimientos. Y por momentos fue ese equipo redondo, con el pase por bandera, con construcción pausada y agitación en los últimos metros. Como esa jugada trenzada de banda a banda que finalizó Javi Rodríguez desde el balcón del área y que acabó por cuchichearle al poste. Cada uno a lo suyo, batalla abierta, cuestión de detalles. Y eso lo aportan Romero y Kike García; aunque también Jutglà y Borja Iglesias.