Lograr la necesaria unión democrática en el Viejo Continente no es una cuestión de falta de fondos, experiencia, manos o cerebros. Lo que falta es voluntad política

¿Se acuerdan del futuro? Ese era el destino hacia el que nos encaminábamos, cada vez más cerca de la famosa ciudad sobre la colina. Desde 1945 y, todavía más, tras la caída de la Unión Soviética, el futuro fue la promesa de crecimiento económico y justicia social sin fin, de desarrollo global y derechos humanos, de un mundo cada vez más democrático y liberal, basado en el comercio pacífico. “El futuro está asegurado, es el pasado lo que se ha vuelto impredecible”, decía un ...

viejo chiste soviético.

Cómo pueden cambiar las cosas. Hoy, el futuro se ha convertido en una amenaza: crisis climática, guerra en Europa, crisis energética, democracias que se desmoronan, la operación militar en Venezuela, colonización digital, sociedades envejecidas. Sentir alarma por los cambios se ha vuelto una experiencia normal. Múltiples factores como el dióxido de carbono, la inteligencia artificial, la inmigración y las redes sociales están transformando las condiciones de vida en Europa a una velocidad sin precedentes.

El futuro ya no es prometedor —piensan millones de votantes—; no parece probable que vayamos a ser más ricos, que nos jubilemos antes ni vivamos más seguros. Los cambios van a ser casi sin duda para empeorar, así que lo mejor a lo que podemos aspirar es a que el presente no se acabe nunca. Los políticos que prometen eso están defendiendo el argumento central del miedo social.