Tras encontrar seis sacos de cartas y documentos, dos de los hijos del director británico Robin Hardy reconstruyen la rocambolesca producción del clásico de ‘folk horror’ de los setenta

La realidad y la ficción a veces empatan. ...

En la película El hombre de mimbre (1973), un recatado y piadoso policía llega en hidroavión a una remota isla escocesa para investigar la desaparición de una niña. En Summerisle encuentra una comunidad de excéntricos vecinos que lo niegan todo y funcionan como una secta pagana (corren los años setenta), liderada por un elegante Lord, a quien le gusta travestirse para celebrar la cosecha de primavera. Hay disfraces de animales, bailes en topless, brujerías varias, juegos de pistas falsas... El giro final culmina con el gigantesco hombre de mimbre del título en llamas.

En la realidad, el rodaje de El hombre de mimbre tuvo lugar en la costa escocesa, pero en otoño de 1972 —actrices semidesnudas muertas de frío y flores de pega en los frutales— donde aterrizó, desde Londres, un variopinto equipo liderado por un publicista exuberante e irascible, Robin Hardy (Wimbledon, 1929-2016), que buscaba credibilidad artística rodando su primera película a los 43 años. La había escrito junto a su socio en la agencia, Toni Schaffer que estaba triunfando con la obra La huella y el guion de Frenesí, la película de Hitchcock. Eran íntimos, idearon el film mientras se bebían dos botellas de whisky una tarde de vacaciones con sus familias, pero tras la película se dejarían de hablar para siempre.