El tercio final, tan exagerado que bordea la extravagancia, es, sin embargo, lo más discutible del interesante trabajo del debutante Michael Shanks
El cine de terror siempre ha servido para mucho más que para dar miedo. Los subtextos que se esconden en sus relatos, aparte del estilo elegido para articularlos, suelen completar películas que, sin todo ello, nunca hubieran alcanzado la categoría de memorables únicamente por su experiencia física. En esa línea, ese ejercicio psicológico, social y hasta político no pocas veces ha entrado de lleno en las relaciones de pareja: en el amor y en el deseo, pero también en la dependencia, la manipulación y el miedo al abandono. Un lugar tan complejo como apasionante en el que se sitúa ya desde el título la australiana Together, ópera prima de Michael Shanks, que, más allá de los dos subgéneros en los que se mueve —el terror corporal y el terror folclórico—, aglutina abundantes ingredientes de interés en torno a las dinámicas de la pasión y a las jugarretas de la convivencia.
Presente en el reciente festival de Sitges, Together se impulsa a través de una dicotomía quizá algo gruesa en su explicación pero que, sobre todo en la primera parte de la historia, consigue estimulantes cotas de inquietud: sus dos protagonistas, casi únicos en el relato, conforman una de esas parejas de las que se suele decir que “no pegan ni con cola”, mientras la historia los va obligando literalmente a que se unan. Músico de rock en busca del éxito, apocado y al borde de la depresión, encantadoramente torpe para las cuestiones más prácticas de la vida, y maestra de cole de críos con las cosas mucho más claras, entre ellos parece haber un abismo porque, en lo cotidiano y en lo mental, ella se lo come a él de cabo a rabo. Y una frase terrible como muestra: “Todos saben, y así me lo dicen, que tú me necesitas más que yo a ti”.






