Con la muerte de Carles Vilarrubí desaparece otro de los paradigmas pujolistas de comunión entre negocios y política

La relación entre política y negocios fue muy fluida durante la presidencia de Jordi Pujol. Lluís Prenafeta, fallecido el pasado mes de febrero, fue un ejemplo de ello. También los hijos del ex president –y especialmente el primogénito, Jordi– son prueba viviente de esa espontánea simpatía y atracción entre ambos universos. De igual forma, el recientemente fallecido Carles Vilarrubí ha sido otra cara de ese prolífico prisma.

Fiel escudero de Pujol desde el inicio de Convergència, en las primeras elecciones, recorrió Cataluña acompañando al futuro presidente de la Generalitat al volante de su modesto Seat 127. En agradecimiento y sin haber cumplido los 30 años, Vilarrubí aterrizó como secretario general en Catalunya Ràdio para dar estructura empresarial y poner orden en la emisora. No fue ese su único cargo en la radio-televisión pública catalana, a la cuyo consejo de administración volvería. Luego se le encargó la delicada tarea de crear las loterías de la Generalitat. Ya como hombre de estructuras de Estado, cultivó su afición por los coches de lujo –aparcado el viejo Seat 127–, un hobbie que le unía al primogénito del presidente de la Generalitat.