La labor de las revolucionarias para conseguir una voz política se vio obstaculizada por muchos de sus compañeros ilustrados, como explica el historiador estadounidense Darrin McMahon en ‘Igualdad’, un libro que narra la evolución de esta idea desde la antigüedad a nuestros tiempos

El caso de las mujeres durante la Revolución francesa ilustra a las claras cómo se puede unir la humanidad (y la igualdad humana). Varias habían sido las voces valientes que, en siglos anteriores, habían contemplado la idea de que las mujeres eran plenamente iguales a los hombres en raciocinio, haciéndose eco de pioneras como Christine de Pizan o Marie Le Jars de Gournay, en cuya Igualdad de los hombres y las mujeres (1622) se defendía ese argumento de manera explícita. Pero sería el filósofo cartesiano y clérigo de finales del siglo XVII François Poulain de la Barre quien otorgaría fundamento filosófico a tal tesis. La mente, explicaba Poulain, no tiene sexo. La defensa que él hizo y...

el razonamiento cartesiano en que se sustentaba serían recogidos en las décadas siguientes en toda una serie de obras filosóficas de la Ilustración y tratados como De la no inferioridad de la mujer respecto al hombre; O breve y humilde defensa del derecho natural del bello sexo a una perfecta igualdad de poder, dignidad y valoración con los hombres (Londres, 1739), atribuido a lady Mary Wortley Montagu, por no hablar del anónimo Reivindicación de los derechos femeninos; O la igualdad de los sexos demostrada moral y físicamente (Londres, 1758). Los títulos de estas obras hablan por sí solos de las convicciones en ellas defendidas y testimonian la presencia de una importante corriente feminista en el pensamiento dieciochesco. Estas autoras y autores criticaban las restricciones impuestas por el matrimonio institucionalizado, presionaban para que se viera la necesidad de la educación femenina y destacaban el papel “civilizador” de las mujeres en la sociedad.