Me gusta empezar con mal pie, como el acróbata que entra en la pista fingiendo un tropiezo
Esta Nochevieja también me dejaré algunas uvas en el plato. O en el paquete de papel de aluminio, donde es más fácil disimular el crimen, haciendo una bola y fingiendo que te has comido las 12. Al menos, era fácil en las Navidades pasadas, porque a mi hijo ya no se la cuelo. Inspecciona el...
gurruño en busca de las pruebas y me señala con un dedo implacable: ahí están, las dos, tres o cuatro uvas intactas que traerán mala suerte durante todo el año.
Hace mucho tiempo, mi hermano y yo colocábamos el excedente en el paquete de un tío despistado o de una abuela sorda. Siempre había algún pariente que se zampaba 17 o 20 uvas, y lo hacía con diligencia, extrañado de que, a falta de tres campanadas, el cucurucho siguiera lleno. Mi hermano y yo nos aprovechábamos de que las uvas eran una tradición muy seria que se cumplía con rigor, pero eso también se ha perdido. Los fanáticos de las supersticiones fueron muriéndose o alejándose, y la gamberrada dejó de ser divertida. Como la familia ha ido menguando y nos hemos dispersado en microfamilias, ya no tengo pichones a los que estafar. Mi hijo recuenta las uvas 10 veces antes de los cuartos y no afloja la vigilancia sobre el paquete. Me tiene caladísimo.







