Ojalá en el año nuevo no nos caigamos por el precipicio de las expectativas

Al año nuevo siempre nos asomamos a tientas y con un desconocimiento fundado. Es un tiempo y un lugar en el que nunca hemos estado. Sabemos que nunca será tan aciago como para no traer cosas buenas. Pero también somos conscientes de que, por más que lo intentemos, será inevitable enfrentar capítulos amargos. El nuevo ciclo se afronta enmendando aquel adagio latino del nec spe, nec metu, pues la mayoría de nosotros alza la copa de champán con una imperativa esperanza pero, también —sería inútil no reconocerlo—, con una dosis de miedo insuperable.

tml" target="_self" rel="" title="https://elpais.com/expres/2025-01-08/la-mayoria-de-los-propositos-de-ano-nuevo-no-se-cumplen-pero-aun-asi-es-bueno-tenerlos.html" data-link-track-dtm="">Al año nuevo lo esperamos y lo tememos a la vez. Al menos, la mayoría. Tanto es así que lo saludamos desde esa intuición ambivalente en la que sabemos que el uno de enero celebramos un año más, pero también un año menos.

Del año viejo, por el contrario, se sale como de una casa que se abandona y a la que sabemos que ya no volveremos nunca. Bajamos las persianas y apagamos la luz por última vez, lanzando una mirada a las paredes, como si los muros y las puertas entendiesen las despedidas, abriendo espacio para que el tiempo lo llene todo con un ordenado polvo que sabrá ocupar nuestro lugar cuando marchamos. Los meses inertes que fueron, en los que gozamos y sufrimos, nos recuerdan que, en efecto, no hay nada que no pase, sin que entendamos si eso es una buena o una mala noticia.