La incomodidad de la ciudad para los mayores se transforma en una gran oportunidad para la ultraderecha
Cuando me mudé a Berlín, hace veinte años, me llamó la atención la cantidad de discapacitados que había por la calle. Los veía en sus sillas de ruedas, algunas motorizadas, comprando el pan y saliendo de marcha; cogiendo tranvías, visitando museos y paseando perros en los parques. Y pensaba: por qué hay tanta gente discapacitada en esta ciudad. ¿Será una herencia de las dos guerras, un trauma de hambre y penuria generacional? La Segunda Guerra Mundial dejó cientos de miles de mutilados, heridos crónicos, personas con traumas físicos y psíquicos. Pensaba en Alemania, año cero, la película de Roberto Rossellini, y en la secuela de los bombardeos; el hambre y las enfermedades. Las condiciones de una ocupación. Pronto descubrí que no había más discapacitados que en cualquier otra parte sino menos. El servicio de salud estima que hay aproximadamente un 12 – 13 % en toda Alemania y sólo un 10% en Berlín, mientras que la media europea es del 24%. La diferencia es que no se tienen que quedar en casa. Pensé mucho de eso esta semana, mientras cojeaba por Madrid.
Berlín es una de las ciudades más accesibles de Europa. Hay lo que se llama un “itinerario accesible continuo”, lo que significa aceras amplias sin interrupciones, bajadas de bordillo alineadas entre sí, cruces legibles y obstáculos mínimos y previsibles. Los transportes están adaptados, los autobuses y tranvías tienen rampas; hay ascensores operativos en cada estación. El espacio peatonal se considera una infraestructura crítica; y la accesibilidad es sistémica; la ciudad está diseñada para ofrecer el máximo de autonomía a las personas con diferentes niveles de movilidad. Yo no soy discapacitada pero me ha bastado una semana de cojera para descubrir que vivo en una ciudad dolorosa, no sólo para discapacitados sino para gente con artritis, dolor articular, problemas de espalda, personas con bastón, carrito o andador.






