Frente a los estilos definidos de las grandes casas, los mejores champanes de viticultor ofrecen una interpretación personal del paisaje

Cualquiera que esté pensando en hacerse con unas botellas de champán para celebrar esta Navidad descubrirá que las marcas más conocidas y disponibles en España cuestan ya alrededor de 45 euros la botella. Sin alejarse mucho de esos precios, los champanes de pequeño productor pueden ser una buena opción para paladares inquietos que buscan sensaciones diferentes.

Aunque con una presencia reducida en el mercado español —apenas un 6% en volumen de todo el champán importado en 2024—, la relevancia de estos champanes solo pequeños en el nombre ha ido en aumento a lo largo del siglo XXI, coincidiendo con un importante relevo generacional en la región francesa. Siguiendo la estela de pioneros como Anselme Selosse, que tomó el testigo de su padre, Jacques, en 1974 y cuyas etiquetas rivalizan hoy con las más caras del mercado, muchos viticultores dejaron de vender sus uvas a las maisons o casas productoras para elaborar sus propias burbujas.

Los más relevantes suelen abogar por un cultivo respetuoso en una región donde los herbicidas estaban a la orden del día, intentan obtener la mejor calidad posible en sus uvas, lo que a menudo implica una reducción de rendimientos, y practican una elaboración menos intervencionista. Esto a menudo es sinónimo de champanes más secos dentro de una climatología, que, como ocurre en la mayoría de las regiones frías, se ha visto favorecida por el cambio climático. El resultado: burbujas con una personalidad bien definida que a menudo se escapan de los cánones establecidos por las grandes casas.