La OTAN, que afronta el dilema de cómo responder a la amenaza rusa con un Trump en retirada, trata de extraer enseñanzas de los casi cuatro años de invasión de Ucrania

El Departamento de Defensa de Estados Unidos —que el presidente Donald Trump prefiere llamar “de Guerra”— ha anunciado a los países europeos que deberán asumir “la mayoría de las capacidades defensivas convencionales de la OTAN” en su territorio a partir de 2027. La nueva doctrina exterior de Washington, publicada el pasado 5 de diciembre y que defiende “restaurar el equilibrio estratégico con Rusia”, ha causado profunda conmoción en una Europa acostumbrada a contar con el respaldo militar de Estados Unidos. La perspectiva de un choque en el este europeo se respira a ambos lados de la frontera. “Rusia no tiene intención de entrar en guerra con Europa, pero si la UE lo desea, está preparada desde ya mismo”, advirtió a principios de diciembre el presidente Vladímir Putin. La realidad, según los expertos militares de ambos lados, es que ni Europa —sin apoyo de EE UU— ni Rusia están listas hoy para imponerse en un hipotético conflicto.

Esta nueva sensación de soledad obliga a Europa a extraer algunas lecciones del conflicto más importante que se desarrolla en su suelo desde la II Guerra Mundial. La principal conclusión es que la clave es conseguir la superioridad aérea para alejar al enemigo. Sin aviación, los carros de combate quedarán vendidos ante las oleadas de drones.