Vini se va más fácil de sus rivales que en 2021, pero se queda más tiempo discutiendo, atiende más a los insultos de la grada, se tira con más estrépito y gesticula peor que en 2021
Pasó este año en el Bernabéu durante el Real Madrid-Valencia. Vini intentó algo que no le salió bien —un regate, un pase, algo— y un aficionado con el que yo discutía educadamente se giró furioso, esta vez perdiendo las formas, y gritó mirando hacia mí algo terrible: “¡Minicius!”. ...
No supe ni qué decir. Tampoco sé de dónde le salió semejante ocurrencia: a veces la ira nos pasea por lugares infernales. Los juegos de palabras son navajas de afeitar. Si se usan bien, son perfectos; si no, te rajan la carótida. Aquel jueguito vibrante del aficionado (“¡Minicius!”) hizo algo insólito: rajó a Vinicius y me dejó a mí afeitado.
No le di más vueltas, pero recogí la sensación. Yo sabía que había ya una minoría pipera influenciada por los medios y la demagogia que estaba contra Vinicius por razones esgrimidas desde Barcelona y el antimadridismo en general (esa moda de pedir que se vaya el mejor jugador del Madrid: claro que sí) o por razones directamente racistas: que no se quejase porque le llamasen “puto negro”, que otros eran negros y se portaban bien y a esos no les insultaban.






