El presidente se aferra a la estrategia de identificación de Feijóo y Abascal mientras otros dirigentes socialistas creen que el miedo a Vox “ya no funciona”.

La incapacidad para movilizar a su electorado en Extremadura, donde el PSOE ha gobernado 36 de los últimos 42 años y había ganado 10 de las 11 elecciones anteriores, es el principal argumento con el que Pedro Sánchez explica los resultados del domingo que, por lo pronto, se han llevado por delante al secretario general y candidato, Miguel Ángel Gallardo. El día después de la debacle, el presidente del Gobierno compartió su análisis con la Ejecutiva federal del PSOE en una reunión en la que no restó gravedad a los “malos” resultados pero se aferró a elevada abstención del electorado socialista para lanzar un mensaje de esperanza a los suyos: “Los votantes volverán en las generales”, pronostió...

Sánchez, según fuentes de la cúpula del PSOE consultadas por EL PAÍS.

Los socialistas perdieron en su otrora bastión 10 escaños (pasando de 28 a 18), más de 100.000 votos (de 242.659 a 136.017) y 15 puntos de apoyo (del 39,9% al 25,7%). Extremadura registró una participación del 62%, la más baja de su historia. La abstención, en las primeras autonómicas desligadas de las municipales, fue casi ocho puntos más que en 2023. El dato al que se aferraron Sánchez y su cúpula es que apenas sufrieron un trasvase de votos al PP y que quienes se decantaron por esa opción fueron electores no ideologizados que suelen votar con un sentido institucional al gobierno de turno. Los datos que maneja Ferraz les lleva a la conclusión de que el grueso de los votantes perdidos se fueron a la abstención o buscaron refugio en Unidas por Extremadura. Todo ese voto es recuperable, según trasladó Sánchez a los suyos en la cita a puerta cerrada.