La prensa pudo haber sido el más floreciente de los negocios en la era de la comunicación digital, pero fue víctima de un expolio que no ha terminado
Se acaba el primer cuarto de este siglo y pienso en qué le ha pasado a la industria a la que me he dedicado este tiempo. Se puede resumir en una frase: los medios, a pesar de disfrutar de unas enormes audiencias digitales, han decaído de forma rápida y furiosa. No debo irme muy lejos para justificarlo; solo sacar del armario la caja donde guardo mis primeras nóminas, ajustarlas al euro y al coste de la vida y sorprenderme por su generosidad. O rescatar del mismo lugar algún periódico de principios de siglo, lleno de páginas y de anuncios, es decir, de dinero. La historia de esta agonía importa porque no ha terminado. Como dijo al respecto la exdirectora de este periódico, Pepa Bueno, en un festival de periodismo en Granada, “las mujeres sabemos bien que la independencia es económica”. Tomemos ese viejo ejemplar que anda por casa. Rebosa anuncios de compra y venta de vivienda, de productos de segunda mano, de empleo. Cada uno de esos clasificados acabó convirtiéndose en un servicio digital (Idealista, Wallapop, LinkedIn) que pudo haber sido conservado. No lo fue. Sus responsables no supieron entender ni el futuro ni el pasado: siempre habían servido como plataforma para otros negocios, hasta que dejaron de hacerlo.






