Mito viviente del cine, la actriz reflexiona sobre la madurez, el acoso mediático, la supervivencia en Hollywood, el narcisismo contemporáneo y la relación de los jóvenes con la tecnología. Ahora estrena ‘Vida privada’, su primer gran papel en francés
Es un cuerpo pequeño que domina la escena sin levantar la voz, una autoridad silenciosa. En un discreto hotel de cinco estrellas escondido en un lateral de los Campos Elíseos, Jodie Foster aparece envuelta en la luz oblicua que se filtra por las persianas e ilumina una habitación pintada en colores terracota y antracita, los tonos convertidos en el nuevo estándar del lujo internacional. Lleva un esmoquin gris perla de corte...
masculino diseñado por Thom Browne, de esos que parecen trazados con regla; una camisa blanca abotonada hasta el cuello y una corbata ancha y centrada. El corte recto de su melena y su perfil puntiagudo prolongan la geometría del conjunto. Todo en ella sugiere control y rigor, pero también algo más difícil de definir, un insondable misterio.
A la actriz la acompañan su estilista y su publicista de toda la vida, un pequeño clan que la protege desde hace décadas. Se sienta en el sofá y posa, serena y aplicada, para el fotógrafo. Cuando su cámara analógica dispara, con el clic seco y reconocible del obturador, sonríe con esa media mueca tan suya, a medio camino entre la ironía y la melancolía: “Hacía muchos años que no escuchaba ese ruidito”. Sus mocasines dejan entrever unos tobillos pálidos que podrían ser de niña o de anciana. Su rostro muestra los pliegues propios de una mujer de su edad, una rareza en Hollywood. Cumplirá 63 años al día siguiente de la entrevista, pero sigue siendo la misma criatura, extraña y fascinante, que ya era en sus comienzos.







