Una de las consecuencias de la polarización es que hay a quienes les parece un demérito que la obra de un artista sea transversal
Se habrán enterado: el miércoles pasado murió Robe Iniesta, e incluso a los que no fuimos devotos de Extremoduro nos arrancaron algo. Porque siempre había un novio, una amiga o un tío para quienes sus canciones eran como el catecismo. Porque todos recordamos fiestas que cerraban con Salir en las que hasta los indies más estirados acababan gritando el estribillo. Porque no hay agenda de adolescente de los 2000 que no tenga una estrofa de Extremoduro escrita en alguna parte. Porque es imposible escuchar el arranque de Si te vas y no emocionarse un poco con ese “se le nota en la voz / por dentro es de colores”.
Como ocurre siempre en estos casos, las redes sociales se llenaron de condolencias pero a lo bestia: jamás había visto a tanta gente a la vez llorar a un muerto en forma de ceros y unos. Extremoduro ha sido la banda sonora de varias generaciones, de los jóvenes de los primeros 90 y de sus sobrinos e hijos. Han sonado en formato cassette en muchos primeros coches, en los discman que los chavales se llevaban a las excursiones, en los MP3 que se oían de camino a la universidad y en los iPod que se sacaban a escondidas en los recreos del instituto.







