Al pasar los años, y afinar el oído con la experiencia, la apreciación musical del rock reclama un gran valor para estimar: cómo suena una banda en vivo. Si en vivo es otra cosa estamos en estado musical, caso contrario, es un espectáculo para fanáticos que, en general, cada uno está en la propia frecuencia o interés. Misas individuales para un dios esquivo. Mientras escuchaba a Sumo, un amigo que trabajaba en la Asociación Argentina de Actores me advirtió de esa bandita under que tocaba en bares de mierda hasta que caía la policía de la dictadura, en retirada criminal después del mundial. Recuerdo su apreciación: “tienen un cantante que vocifera con sordina, canta como si estuviera estreñido en el inodoro de la terminal de ómnibus de un pueblo abandonado. Pero las letras tienen algo atractivo, tienen proyección social”. Ese fue el prólogo que dejó marcada mi poca predisposición hacia Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. Y el Indio Solari nunca defraudó tal sentencia. Por tanto, jamás soporté su voz, los yeites instrumentales, ni nada que tuviera como partícipes a dicha banda. Y, sin embargo, fue popular, lo es, y lo seguirá siendo. Hay algo punk en esta trayectoria musical, pero hablamos de un punk triste. Algo que por sonoridad trae a Pan Triste, el pibe que mató a compañeros de secundaria porque lo acosaban por su disfunción neurológica. Es que en torno a Solari y sus fanáticos voló una sombra: la de la parca, siempre estuvo ahí. Siniestra expresión a la que llamaron rock viejita y demás calificativos escandalosos.
Todos tus muertos
Contarle los muertos a los Redondos es como contarle las costillas a un caballo famélico, que es la imagen definitiva del rock en este siglo XXI donde el olvido remasterizado resulta heroico.











