Nunca escuché tanto a Los Redondos en mi vida como cuando vivía en Ciudad de México, entre mis veinticinco y mis treinta. Tenía rituales y tribus y durante muchas noches que solían extenderse más allá del mediodía repasaba en bucle Oktubre o Luzbelito, mis discos predilectos de una banda que dibujó y cuidó el alma popular argentina con más amplitud y belleza que ninguna otra. Compartía aquella devoción con amigos costeños, chilangos y norteños, y supongo que había ahí una expresión latinoamericana que no solo no suele asociarse con el Indio Solari, sino que más bien se le escatima, ya que de los cuatro grandes rockeros de su país (junto a Luis Alberto Spinetta, Charly García y Gustavo Cerati) nadie ha sido más inédito en el resto del continente.Justo alrededor de esa localía extrema suele tejerse parte de su singularidad; una que, en su versión porteña más triste, apela a la excepcionalidad nacional, a una suerte de grandeza que nadie más sería capaz de comprender o producir, y otra, esa sí muy potente, en la que el Indio inventa un lenguaje democrático y estremecedor precisamente por su intraducibilidad. Quizá, digamos, no había industria del rock capaz de traficar con el peso de la lírica de Los Redondos, ni fertilizante de MTV que pudiera apaciguarla.Su música está incrustada en un territorio puntual porque pertenece al lenguaje de la naturaleza. Tiene la nervadura de un árbol discreto al pie del aljibe y el enojo de un mar atormentado. Transmite una soledad furiosa, como si se ubicara siempre en la antesala del estallido, sea de un cuerpo en otro cuerpo o de la multitud hastiada. Y si hay que ir hasta el interior de la Argentina para asistir a una misa ricotera, eso no la hace menos extensiva, dado que en Latinoamérica hay muchas cosas que uno es porque los otros lo son, o que ya los otros son por uno o para uno. Basta con que haya ocurrido, con que haya aparecido en algún lugar.Sus conciertos no cabían en un sitio convencional. El artista suele triunfar en la conquista de la metrópoli, en su posterior asentamiento en ella, pero la victoria del Indio resulta más poderosa, porque renuncia o excede ese éxito y su vastedad ya solo puede ser acogida por la vastedad de la provincia. Sus fieles llegaron a cantarlo sin boca y a escucharlo sin oídos. El pogo operaba como voluntad de fin de un mundo, el estado último de una felicidad insoportable. Parecía haber un reconocimiento áureo en la bondad del otro y en aquella fraternidad espectral. La venida de lo colectivo como energía trascendente. La misa, las peregrinaciones, la función espiritual otorgada, toda la jerga bíblica en la que el Indio terminó imbuido, la pulsión escatológica de buena parte de sus ideas, lo volvieron un profeta de tipo spinoziano, pero uno pagano.Digo esto porque me parece un artista que accedía a la revelación a partir de la capacidad imaginativa extraída de los hechos naturales. En ese sentido, recuerdo una entrevista en la que a Mercedes Sosa le preguntaron por Los Redondos y contó que alguien le había llevado siete discos de la banda y que no los había entendido. Los trató como una superstición y sugirió que el día que las letras del Indio se deshicieran nota por nota o palabra por palabra iba a quedar claro que el mito era infundado. “Siento que tienen una cosa misteriosa que hace que tengan como una logia”, dijo. “Pero yo no comprendo nada de lo que cantan, y yo conozco de poesía, ¿eh?“.Seguramente nadie podría explicar mejor la trampa de Los Redondos, ni tampoco superar semejante elogio. El asunto es que no pueden deshacerse palabra por la palabra las figuras verbales amarradas a la voz aguda de un ángel caído. Todo es muy pícaro en esa música, muy de gato Behemot. El reproche de Mercedes Sosa, y la candorosa autoafirmación de su autoridad en cuestiones de poesía, tienen larga data y pueden definirse como la manera en que el método de inspiración, el “deber de decir cosas”, ha reclamado la propiedad de lo poético sobre aquello que avanza a través del indicio, la conjetura o la referencia rota.En su modo de agazaparse, en la encriptación de un código, el Indio genera una materia que empieza a resistir a partir de un pacto tácito. La gente comprende que en ese enroscamiento hay algo que el Indio está preservando de otras deformaciones de la lengua, del habla económica o del habla livianamente sentimental o de la orden militante, por ejemplo. Y que la está reservando para él y para ellos. Quizá esa sea la razón por la que, mientras más rondaba la pregunta de cómo podían gustar tan rabiosamente esas canciones, más las canciones gustaban. La complicidad hizo que la gente adoptara a Los Redondos como estandarte y que se convenciera de que tenía derecho a una música así, tanto como tenía derecho a Maradona o a la universidad pública.Por esa vía sui géneris les llega el hallazgo poético. Asombrarse de que el trabajador entienda es no entender lo que el trabajador entiende, y hay definitivamente razones de clase detrás del fenómeno de masas que fue la música de Los Redondos y de Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado. No hay condescendencia o subestimación de la inteligencia social, al tiempo que la inteligencia social ya no va a permitir que le arrebaten ese decirse. Lo asume como un bien ganado, como un recurso común que se merece o que le corresponde. “¡La gente decente es diferente, nene! ¡Pero ay, ay, tu belleza empieza a abrirse paso, nene!“, cantan en Fusilados por la Cruz Roja. A fin de cuentas, qué hay más sencillo que estas líneas: “Fijate de qué lado de la mecha te encontrás. Con tanto humo el bello, fiero fuego no se ve”. O que estas: “Tu lengua se derrite en modas de la rabia de hoy. Cuando enfermás con tanta gana, cerrás las filas del dolor”.Todo es, finalmente, un simulacro de hermetismo. En el secreto que funciona como una broma hacia afuera, como una burla del universo ricotero hacia todo lo desapasionado, el artista recluta a su ejército. La insólita gracia de ese misterio no hizo más que ramificarse hacia adentro, quizá porque el artista renunció a clausurar toda interpretación y dejó que el corazón popular hiciera su exégesis. Ocurre entonces una desprivatización de la imagen. La reserva política de esa alegría, de esa sofisticación estética, es seguramente incalculable. Entiendo al Indio Solari como un mago mestizo, como un simbolista desajustado, y escucharlo consiste en celebrar que, al escucharlo, algo en vos habrá empezado a asustarte.