Carlos Alberto Solari murió este viernes en su casa de Parque Leloir, en Ituzaingó. Tenía 77 años y padecía Parkinson desde hacía una década. Se fue el Indio, la voz que durante más de cuarenta años le puso letra al rock argentino con una densidad poética sin equivalente en el género: nacido en Paraná, formado en La Plata, convertido en fenómeno nacional que llenaba estadios sin hacer prensa, sin dar entrevistas, sin conceder casi nada a la lógica del espectáculo masivo.
El under en La Plata y los redondos
Todo empezó en 1976 cuando Solari y Eduardo “Skay” Beilinson pusieron en marcha Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota en La Plata. El nombre era una broma dadaísta y los primeros shows eran exactamente eso: teatro, ballet, redonditos de ricota repartidos entre el público, una performance más cercana al happening que al rock. El underground porteño los fue adoptando durante los años de la dictadura, y a mediados de los 80 ya eran una de las bandas más singulares del circuito alternativo.
El debut discográfico llegó con Gulp! en 1985. Al año siguiente vino Oktubre (1986), el álbum que los consagró como referencia ineludible del rock nacional y que superó las 120.000 copias vendidas en una época en que el mercado independiente no tenía esas cifras. Después llegaron Un baión para el ojo idiota (1988), ¡Bang! ¡Bang! Estás liquidado (1989) y La mosca y la sopa (1991), cinco discos en seis años que construyeron un universo lírico propio: letras barrocas, referencias literarias, imágenes oníricas que sus seguidores —los ricoteros— aprendieron de memoria sin necesitar que nadie las explicara.










