“Un connoisseur musical”. Al igual que como describe a John Lydon el ensayista Simon Reynalds, así podríamos definir, entre otras muchas maneras, a Carlos “Indio” Solari, cuya muerte ocurrida hoy en Buenos Aires implica la desaparición física de uno de los artistas más populares, y por ende queridos, de la historia argentina.

El connoisseur musical es aquel que no necesariamente puede estar dotado de una técnica musical eximia, y hasta incluso puede ser alguien que no toca un solo instrumento –como era le caso de Solari, que apenas rasgaba la guitarra en algún fogón–, pero que es un sujeto que está “habitado” por la música, alguien cuya sensibilidad sonora es tal que, a través de su intuición y de su conocimiento omnímodo, puede ser capaz de producirla de forma incesante y con mayor fuerza que el resto. Ese rayo de energía musical es el que acaba de dejar de brillar.

Alguna vez, consultado por este cronista sobre su rol en Patricio Rey y sus redonditos de Ricota, su respuesta tuvo la misma potencia que ejerce su obra: “Soy el autor de todo. De las letras, de los eslóganes, de las armonías, de todo”. El padre soy yo, informaba. El monstruo ese que está dando vuelta salió de adentro mío. Podrá haber matices en esa apreciación, pero tampoco demasiados, porque, en todo caso, los derechos de autor del fenómeno solo los comparte con su socio compositivo, su antagonista Skay.