La conmoción producida por la inesperada muerte del fundador de Extremoduro ilustra la influencia de su música en la cultura española reciente
La muerte de Robe Iniesta, anunciada en la madrugada de ayer, produjo una de esas conmociones reservadas a los grandes iconos de la cultura popular. Sobre la salud del músico extremeño, de 63 años, no se conocían detalles que hicieran temer un desenlace abrupto. Después suspender las dos últimas fechas de su gira, en noviembre de 2024, por un tromboembolismo pulmonar, las noticias eran que se había recuperado. Incluso se habló de que retomaría esos recitales en algún momento de 2026 o 2027.
La sacudida del fallecimiento fue, por lo tanto, tremenda. Y transversal. Confirmando que la figura de Iniesta ha permeado en muchas capas de la sociedad y en las más diversas franjas de edad. El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y el líder de la oposición, Alberto Núñez Feijóo, fueron de los primeros en recordar al fundador de Extremoduro. El primer apuntó: “Despedimos a un poeta que nos enseñó a no rendirnos jamás”; el segundo, que “su voz marcó generaciones enteras y su música nos deja una huella imborrable”.
El camino de Iniesta fue largo y pedregoso: desde la más absoluta marginalidad a conquistar a todos los públicos con un lirismo malhablado lleno de referencias a la vez cultas y callejeras. Suyas son algunas de las mejores canciones de amor de la música española reciente. La escatología explícita, el sexo crudo y la jerga barriobajera conviven armoniosamente en sus discos con referencias a Pablo Neruda, Antonio Machado y Cicerón. Fue un creador indómito con una fe inquebrantable en el poder del arte.






