Los pocos apoyos que le quedaban a Juan Carlos I correrán a esconderse tras un libro cuyo único valor es humorístico
Para escribir buena literatura autobiográfica no hay que tener pudor, pero sí mucha vergüenza. A Juan Carlos I le sobra el pudor y desconoce la vergüenza. Se dirá que el Rey no tiene ambiciones literarias y que el valor de Reconciliación es el testimonio, pero la relevancia de lo testimonial depende de la actitud del testimoniante. El primer dilema al que se enfrenta quien narra su vida es puramente literario: por qué, desde dónde y hasta dónde cuenta. A los escritores se nos pre...
senta mucha gente que presume de tener una vida de novela, y Juan Carlos de Borbón tiene varias vidas de novela, pero ni siquiera la mano dócil y experta de Laurence Debray las ha salvado del desastre literario, que equivale a un desastre histórico y político.
Quien escribe unas memorias se confiesa, y la confesión exige humildad. La buena autobiografía no es vanidosa, sino un examen doloroso, algo parecido a un psicoanálisis. Requiere crueldad hacia uno mismo, pues sus mejores obras se escriben desde la vergüenza y el fracaso. Tenía Juan Carlos una oportunidad de engrandecer su figura bajo los olivos milenarios de Abu Dabi, dejándonos un relato de desencanto a lo Gatopardo. Podría haberse despedido como el príncipe de Messina en la novela de Lampedusa, comprendiendo que su reino ya no era de este mundo, pero ha preferido legarnos unos pliegos llenos de rencor, soberbia, mezquindad y autobombo en los que acusa a los españoles de no quererle, de ser implacables con sus debilidades de hombre bueno y sencillo.






