Las memorias de Juan Carlos I son un autorretrato al ácido úrico de un hombre tan acostumbrado a que sus deseos fueran órdenes que aún no acepta que ya no se obedezcan

De todas las supuestas y sensacionales revelaciones de la autobiografía del rey Juan Carlos, solo una me ha hecho izar una ceja. No es el hecho de que

ares-que-cuenta-en-sus-memorias-juan-carlos-i.html" target="_self" rel="" title="https://elpais.com/espana/2025-10-30/de-la-relacion-paternofilial-con-franco-al-regalo-arabe-de-100-millones-de-dolares-que-cuenta-en-sus-memorias-juan-carlos-i.html" data-link-track-dtm="">admirara y apreciara al dictador Franco. Ni que sostenga con todo su real aplomo que fue él y solo él quien, tras la muerte del tirano, trajo personalmente la democracia a España. Ni que piense que su heredero, Felipe VI, es un ingrato por no reconocer solemnemente todo lo que le debe a Su Majestad su padre. No. Todo eso estaba claro para cualquiera que, además de tener ojos y oídos, supiera leer entre líneas sus gestos y sus discursos. Lo que me tiene patidifusa es que el Emérito tenga los santos atributos de referirse públicamente a su aún esposa desde hace 63 años como “Sofi”, como la llamaba en la intimidad, igual que ella le llamaba “Juanito”, y que, después de medio siglo de infidelidades y humillaciones, pregone que la reina Sofía es la mujer de su vida y le reproche no haber ido a verle a su exilio de Abu Dabi por no enfadar a su hijo. Ahí está la clave de los cientos de páginas del tocho. Ese pasaje no es uno más de la edulcorada autobiografía de un personaje histórico, sino un autorretrato al ácido úrico de un hombre machista y pasivo agresivo, y de un monarca tan acostumbrado a que sus deseos fueran órdenes dentro y fuera de palacio, que aún no le cabe en la testa que ya no se obedezcan.