Si alguna vez se necesita escuchar un disco para la penumbra de la duermevela o el licor de la madrugada, ‘Portrait in Jazz’ es uno de los mejores

Escuchar el jazz de Bill Evans es como tocar terciopelo en la noche, con su sensación de suave abandono. Guarda una intimidad tan espiritual que uno siente que se halla siempre ante una música recién descubierta, como si nunca se gastase ese fluir de notas ligeras y dulcemente relucientes. ...

El aire de belleza hipnótica choca con el perfil de este pianista colosal que tuvo un trágico fin de sus días y, además, nunca ha sido suficientemente valorado por la memoria colectiva. Su nombre enciende a las mentes más melómanas, pero se diluye en un triste ostracismo entre el común de los oyentes mortales, aquellos que quizá presumen de gusto por la música, pero no profundizan en las conexiones ni referencias alternativas. Muerto con tan sólo 51 años en Nueva York debido a una insuficiencia hepática y a una hemorragia interna por culpa de su adicción a la heroína y la cocaína, Evans se arrastraba por la vida a causa del suicidio de su hermano, que agravó aún más su dependencia de las drogas.

Hay pocos artistas que hayan tenido la habilidad, la capacidad y el talento para cambiar parte del rumbo de la música y, encima, hacerlo en dos ocasiones. Lo hizo, primero, formando parte de un equipo imbatible. En 1959, Miles Davis, John Coltrane y él alumbraron la obra maestra Kind of Blue (1959) y, tan sólo un año después, volvieron a ofrecer otro viraje asombroso cada uno por separado. Davis con Sketches of Spain, Coltrane con Giant Steps y Evans con Portrait in Jazz.