Flea, el musculoso bajista de Red Hot Chili Peppers, se destapa como trompetista lírico en su disco en solitario

En el principio, no había precisamente amor entre los músicos de jazz y los músicos de pop. Los jazzeros tenían motivos para mirar por encima del hombro a los que tocaban pop; los poperos consideraban a los miembros de la tribu del jazz algo así como masturbadores crónicos, incapaces de tocar una canción de pe a pa de forma reconocible. Ni siquiera coincidían, al menos inicialmente, en cuestión de substancias: la gente del jazz llevaba el estigma de la atracción por la heroína mientras que sus hermanos menores empezaban a experimentar con la marihuana....

Algo cambió a mediados de los años sesenta, cuando los titanes del jazz vieron hacia donde soplaban los vientos y comenzaron a incluir en su repertorio éxitos pop, habitualmente de The Beatles o Burt Bacharach. Pueden imaginar la consternación de, por ejemplo, los puristas de las big bands cuando un gigante como Count Basie publicó no solo uno sino ¡dos discos! dedicados a las composiciones de Lennon-McCartney más alguna de George Harrison: Basie’s Beatle Bag y Basie on the Beatles.

Vino luego el tsunami del jazz-rock, que enturbió las aguas que separaban cada archipiélago. En la vida profesional, abundaban los músicos de jazz que se apuntaban a bandas numerosas que funcionaban en el circuito del rock, tipo Blood Sweat & Tears. Resultaba menos habitual que los rockeros se mimetizaran en proyectos jazzísticos, aunque sí hubo reconocimientos a su estética visual: la portada de Body and Soul, álbum editado por el británico Joe Jackson en 1984, homenajea directamente la del LP que el saxofonista Coleman Hawkins publicó en 1957 con el inclito sello Blue Note.