Dado el amaño de contratos que hemos visto estos meses, ¿qué joven va a querer montar una empresa para ir a una licitación pública?
¿Cuánto nos cuesta la corrupción? Para empezar, no sabemos ni cuánta tenemos. Si se disparan los casos en un país puede ser porque la corrupción crece o precisamente por lo contrario: porque la justicia empieza a actuar en serio.
Para medir la corrupción confiamos en medidas indirectas, como las percepciones de los expertos. Y esas cifras son preocupantes para España. Los indicadores internacionales recogen un inexorable deterioro de la posición de España en la lucha contra esta lacra. Los escándalos que hemos conocido este año, de políticos de varias administraciones, legislaturas y colores que toman decisiones para favorecer a sus amigos, no son una excepción a la regla, sino la confirmación de la tendencia de que algo va mal en nuestro país desde hace tiempo.
Caer en estos indicadores no es inocuo, sino que tiene un precio elevado para el conjunto de la sociedad. Gran parte de las diferencias en bienestar y crecimiento económico entre los países europeos se explican por una sola variable (y no es la ideología del Gobierno, ni la religión protestante, ni las horas de sol): la calidad de las instituciones medidas por estos indicadores.






