Transformó un certamen sin personalidad en un referente de modernidad que económicamente no podía competir con los grandes, pero tenía olfato. Allí no ibas a ver grandes producciones, pero cuando alguien se consagraba, podías decir orgulloso “yo ya lo vi en Gijón”

Hace años ya escribí sobre Cienfuegos. Contaba que la primera vez que asistí al Festival de Cine de Gijón acabé comiendo al lado de Karel Reisz, director de La mujer del teniente francés y Todo el mundo gana...

. Le pregunté cómo era Meryl Streep. “Professional”, dijo. —¿Y Debra Winger? —“Mnmnm, complicated”, y sonrió. Un caballero. Junto a él estaba su mujer, Betsy Blair, inolvidable protagonista de Marty. Era demasiado para una joven cinéfila impresionable que estaba allí después de ofrecerle a Cienfuegos una idea alocada que acogió con más dudas que entusiasmo, pero me acreditó y era como estar acreditada en el cielo. Al lado, parloteaba un chico espigado; antes de irse, señaló una película en mi programa de mano y la firmó; era Pi y él, Darren Aronofsky. Habrá ciudades en las que eso sea habitual, pero no lo era en Gijón, ni en Asturias.

Durante 10 días podías cruzarte a Frears, a Chloë Sevigny, al hierático Kaurismäki o a la irreverente Virginie Despentes. También a Richard Fleischer, porque aquel certamen radical veneraba a los clásicos. Un cóctel ganador cuyo artífice era Cienfuegos. Tan reconocible, tan discreto y a la vez tan protagonista. Activo, curioso, divertido, profesional. Él era el festival y el festival era él. Transformó un certamen sin personalidad en un referente de modernidad que, aunque por presupuesto no podía competir con los grandes, tenía olfato. Para eso estaba Fran Gayo, que también se fue demasiado pronto. Allí no ibas a ver grandes producciones, pero cuando alguien se consagraba, podías decir orgulloso “yo ya lo vi en Gijón”.