En EE UU se ha disparado el tipo al que los bancos se prestan dinero entre sí, lo que ha llevado a la Fed a poner fin a la reducción de su balance

Los bancos centrales se mueven en el difícil territorio de la mano dura sin pasarse de la raya. Han tenido que deshacer el enorme andamiaje de estímulos monetarios construido durante más de una década y recientemente habían alcanzado lo que ya parecía la vuelta definitiva a la normalidad: podían bajar tipos de interés y a la vez poner fin definitivamente a las compras de deuda, dejando que los bonos en su cartera vencieran sin más, sin reinvertirlos ni reemplazarlos. Es lo que terminaron haciendo la Fed, el Banco de Inglaterra y el BCE hasta que esa aparente normalidad se ha visto enturbiada recientemente por sobresaltos de liquidez en el sistema, una señal de alerta que ha interrumpido esa tarea de reducción del balance.

La reducción del balance de los bancos centrales durante los últimos años —lo que en la jerga financiera se conoce como quantitative tightening— ha causado el descenso de las reservas de los bancos centrales. Esas reservas son la piedra angular que garantiza la liquidez del sistema financiero: el banco central, como única institución capaz de crear dinero, asegura que las entidades financieras disponen de los recursos necesarios para atender las necesidades de efectivo de sus clientes: los bancos se prestan dinero entre sí para satisfacer sus necesidades diarias de liquidez pero, si se da el caso de que hay más demanda que oferta, ahí está el banco central para suministrar la que haga falta. Sin embargo, con la reducción de balance, esas reservas ya no son tan desbordantes como años atrás, una situación que se ha hecho especialmente evidente en el caso de la Fed.