Países como Togo, Madagascar, Ruanda o Benín han integrado programas sanitarios para mejorar la eficiencia y reducir costes
Cuando Kaloga Mamadou, dermatólogo y jefe del programa de úlcera de buruli de Costa de Marfil, recorre las zonas rurales de su país para detectar y atender a las personas afectadas por esta dolencia, que causa una bacteria y que puede provocar una grave discapacidad si no se trata, encuentra otras muchas afecciones de la piel. “Pero si solo llevo pruebas y remedios para la úlcera de buruli, porque es para lo único que tengo financiación, dejo otras muchas sin tratar”, lamentaba este doctor en una entrevista con EL PAÍS.
La frustración de Mamadou ejemplifica uno de los debates que atraviesan la salud global, el de cómo hacer más con menos, tras la caída abrupta de entre el 30% y el 40% en los fondos disponibles, como consecuencia del desplome de la financiación de la ayuda al desarrollo, según los cálculos de la Organización Mundial de la Salud (OMS). Pero al mismo tiempo, ofrece una solución: en un contexto de reducción de fondos destinados a programas verticales, es decir, aquellos centrados en una enfermedad concreta como el VIH o la malaria, los ministerios de Salud del Sur Global han apostado por la integración de programas sanitarios para reducir costes y mejorar la eficiencia.






