El Gobierno ha optado por mostrar a su electorado que va a resistir ante una campaña sin precedentes en su contra
A veces, para entender el momento político, es preciso imaginar posibilidades alternativas. Solo desde una cierta distancia (virtual) alcanzamos a percibir la situación tal como es. Imaginemos un país europeo de tradición democrática en el que hay un Gobierno que lleva siete años largos en el poder (cuando la mayor parte de los ejecutivos del continente pierden las elecciones después de un primer mandato). Los resultados del Gobierno en nuestro país imaginario no son malos. La economía lleva tiempo creciendo por encima de la media en Europa, el paro ha bajado y las cuentas públicas están saneadas. Las pensiones se han ido revalorizando. El salario mínimo ha crecido sustancialmente sin que afecte al volumen de empleo. El mercado de trabajo funciona mejor, ya no hay tanta temporalidad como antes. Los problemas territoriales, que llegaron a consumir casi toda la energía política del país, se han reconducido y no hay graves tensiones.
El principal partido de la oposición reconoce alguno de estos logros, pero critica con natural dureza la incapacidad del Gobierno para resolver el principal problema del país, el acceso a la vivienda, que afecta especialmente a las generaciones más jóvenes. El Gobierno se ha mostrado titubeante y no ha ofrecido respuestas eficaces. Además, se le reprocha desde los partidos opositores que, a pesar de una retórica igualitarista, el patrimonio de las familias sea cada vez más determinante en la vida de la gente. La administración sigue funcionando mal y no se consiguen poner en marcha políticas que reduzcan la exclusión social (y, especialmente, la pobreza infantil).






