La única refinería de Serbia, propiedad de una compañía controlada por el Kremlin, prevé cerrar esta semana por las represalias de Estados Unidos
Serbia suele abrazar con orgullo en su política exterior la doctrina de los “cuatro pilares”: mantener buenas relaciones, simultáneamente, con la Unión Europea, con Estados Unidos, con Rusia y con China. Pero ese delicado (y complejo) equilibrio entre aguas tan distintas es difícil de mantener en plena marejada geopolítica. El país balcánico se arriesga ahora a vivir su invierno más frío por el previsible cierre, este martes, de su única refinería de petróleo, víctima colateral de las sanciones de Estados Unidos a Rusia por la guerra de Ucrania....
Para evitar ese terremoto, el Gobierno de Serbia —como los de Hungría, Bulgaria o Rumania— trata de deshacerse a contra reloj del capital ruso presente en sus empresas petroleras, para eludir el golpe de las represalias estadounidenses. Un problema que afecta, en mayor o menor medida, a media Europa.
Tras la invasión a gran escala de Ucrania en febrero de 2022, Serbia condenó el ataque de Vladímir Putin, pero se negó a sumarse a las sanciones occidentales contra Moscú. La tensión continuó en ascenso, y el pasado enero la Casa Blanca advirtió de que si la gran petrolera nacional serbia, NIS (Naftna Industrija Srbije), no se desprendía del capital ruso ―mayoritario en su accionariado―, aplicaría sanciones a la empresa para impedir que el petróleo siguiera financiando una guerra que va camino de cumplir ya cuatro años.








