Tres años y medio después del inicio de la guerra, la petrolera aún cuenta con instalaciones propias en Bulgaria y Rumania, y participa en otra en Países Bajos
Las guerras son siempre nido de paradojas, pero las de la invasión rusa de Ucrania son particularmente grandes. La Unión Europea cortó amarras con el petróleo procedente de Moscú a finales de 2022, medio año después del
f" rel="" title="https://elpais.com/internacional/2022-02-24/putin-ordena-una-operacion-militar-en-ucrania.html" data-link-track-dtm="">inicio de la ofensiva, con un veto de las compras propias que secundó el resto de miembros del G-7. Un par de meses antes, en septiembre, el Gobierno alemán tomó el control de las refinerías del coloso ruso Rosneft —sancionadasan por la Administración estadounidense el miércoles— en el país, con una nacionalización de facto. Pasos lógicos, ambos, para elevar la presión sobre el agresor, harto dependiente de las exportaciones de crudo y gas.
Todavía hoy, sin embargo, otro gran nombre del sector fósil ruso, la también sancionada Lukoil, continúa operando importantes instalaciones energéticas en varios países de la Unión. La mayor y más moderna refinería de Bulgaria (y de los Balcanes), Neftohim Burgas, sigue bajo su paraguas. También la tercera mayor de Rumania, Petrotel. Y cuenta, aún, con una participación del 45% en otra instalación ubicada en el corazón del continente: la de Zeeland, en Países Bajos, que comparte con la francesa TotalEnergies. Inversiones que figuran, todas ellas, en el último informe de sostenibilidad de la firma rusa, recién actualizado y que ha sido consultado por este diario.







