Libros y canciones que hablan del desamparo, la búsqueda de identidad, el descontento y el miedo, pasan ahora por el perreo, el trap y las notas bailables de la música regional, para hacerse de un espacio en sus industrias
La rebeldía hoy suena a cumbia electrónica, se perrea en foros autogestionados, ha pasado por los laberínticos y polémicos rumbos del corrido tumbado y es víctima del FOMO (siglas del inglés fear of missing out: miedo a perderse de algo, en español). Las expresiones musicales y literarias dan muestra de la necesidad de pertenencia de las generaciones más jóvenes —y no tan jóvenes— que encuentran en géneros antes relegados y marginados, la forma de reclamarse un lugar en un mundo invadido por la ansiedad que provocan las redes sociales, las novedades infinitas en plataformas musicales y una sed interminable en la búsqueda de una identidad. “La rebeldía es paradójica, porque tiende a ser contra lo establecido y creo que vimos una época en que la rebeldía está enfocada en pertenecer, no es en derribar unas estructuras que existen, sino en que me dejen hacer parte de ellas. Es un momento raro y complicado”, dice el escritor y músico mexicano, Julián Herbert.
Herbert, que desde los 15 años ha tocado en bandas musicales y que ha transitado por esa musicalidad de la letra y la melodía, tanto en sus libros y poemas como en sus canciones, presume a su banda Los tigres de Borges, y habla de la música, un tema que le apasiona y al que ha dedicado cuentos y largos y sesudos artículos.






