Frank Sinatra dijo en los años cincuenta que el entonces naciente rock and roll era “la forma de expresión más brutal, fea, desesperada y perversa que he conocido, huele a falso e impostado, compuesto y cantado por cretinos y matones…”. Unos 70 años después el reguetón es el nuevo anatema de los adultos por repetitivo, machista, consumista y vulgar. De esta constatación parte Oriol Rosell (Barcelona, 1972) para explicar en su ensayo Matar al papito, por qué no te gusta el reguetón (y a tus hijos sí) (ed. Libros Cúpula) cuáles son las razones que alimentan este rechazo a la música hoy dominante, y encima en español, hecho insólito en los anales de la música popular. Aceptando que el concepto de músicas urbanas es ambiguo, Rosell, divulgador cultural, ensayista y profesor Historia de Música Electrónica, cree que tanto el reguetón como el trap “son síntomas de transformaciones estructurales muy profundas que tienen que ver con cambios de modelo del capitalismo en los últimos 30-40 años, con la implantación del neoliberalismo y la desaparición del antagonista, la Unión Soviética”. La música es reflejo del contexto económico y cultural de la sociedad.
Los últimos datos sobre el acceso a la vivienda de los jóvenes en España, indican que la emancipación es casi una quimera, que trabajar no garantiza eludir la pobreza y que más del 90% del sueldo se va en vivienda. La precariedad no solo alcanza a los jóvenes, sino también a los adultos, con la meritocracia periclitada. “Yo nací en el capitalismo postfordista y los jóvenes de hoy han nacido con la crisis financiera del 2008. Nuestros padres no hablaban de inseguridad a los 50 años, tenían una vida estable que había ido cumpliendo fases. Hoy no ocurre”, apunta Rosell. El reguetón sería así resultado de la desesperanza de quien sabe que vivirá peor que sus padres, ya que destartalado el estado del bienestar nadie se ocupará del individuo en una sociedad dirigida por los mercados, entes etéreos que hacen la historia en lugar de las personas. “Si el rock and roll nació de la opulencia posterior a la II Guerra Mundial, el reguetón y el trap son hijos de la precariedad en una sociedad individualista. Los millennial blancos en Estados Unidos controlan tan solo un 4,2% de la riqueza, ni tan siquiera ser blanco te garantiza no quedarte tirado”, argumenta Rosell, quien ve aquí razón para un cambio de pautas del consumo cultural y una de las claves del cisma generacional provocado por el reggaetón: el utopismo de antaño ha sido remplazado por el cinismo de generaciones que lo que consideran utópico es un cambio redistributivo que ni se plantean. En palabras de Rosell “el paso del utopismo al cinismo estableció la frontera invisible e infranqueable que separa la generación X de la Z”.






