La cultura urbana y el flamenco se abren paso como herramientas pedagógicas e inclusivas para jóvenes en riesgo, alumnado desconectado del sistema o personas sin hogar

Encontrar una voz. Eso es lo que muchos jóvenes —y también adultos— logran cuando el rap, el grafiti, el flamenco o el breaking entran en su vida no como simple entretenimiento, sino como un lenguaje con propósito. Centros educativos, refugios y proyectos sociales han comprobado ya cómo la cultura urbana se convierte en una vía real para expresarse, conectar con los demás y mejorar el bienestar emocional. Y no se trata de intuiciones: una revisión sistemática de 2024 sobre pedagogías hip hop analizó 68 trabajos y concluyó que, especialmente en educación secundaria, estas iniciativas crean contextos culturalmente relevantes para estudiantes tradicionalmente excluidos, fomentan su participación social y política y promueven el pensamiento crítico.

Un ejemplo de ello lo vivió un grupo de personas sin hogar durante un taller de rap impartido por Noemí Laforgue, investigadora de la UNED y coautora del mencionado estudio, en un centro para refugiarse del frío ubicado en el sur de Madrid. “Pensé que no iba a engancharles nada, pero fue todo lo contrario”, admite por videoconferencia. Deseosos de compartir lo que tenían dentro, aquellos adultos sin rumbo aparente escribieron y grabaron una canción en la que hablaban de la violencia sufrida en la calle, de la soledad y del abandono institucional. En otro proyecto impulsado en los barrios de San Fermín, Orcasur y Villaverde, Laforgue trabajó con adolescentes en situación de exclusión que encontraron en el rap una forma de expresarse y de sostener vínculos significativos.