Una agencia de Naciones Unidas avanza en el desminado de la capital tras su liberación por parte del Ejército en marzo. Los niños son las principales víctimas de estos artefactos y otros dispositivos explosivos abandonados

Los gritos agudos de Malick resuenan en la sala de urgencias del hospital Al Nao, en la ciudad sudanesa de Omdurman. El adolescente de 17 años, además de una docena de profundas heridas en la cabeza, tiene un vendaje ensangrentado en la muñeca, donde debería estar su mano derecha. Estaba recogiendo dátiles del suelo en un campo cuando levantó un explosivo que detonó en su mano. Ese día iba con Mohamed, de 18 años, que ahora tiene un agujero enorme en un lado de la cabeza y solo le queda el lóbulo de la oreja izquierda.

El padre de Malick tiene que sostener a su hijo mientras una enfermera le cambia el vendaje del brazo. Cuando la herida carnosa queda al descubierto, la mayoría aparta la mirada horrorizada. Solo cuando una enfermera se apresura a administrarle una inyección de morfina al chico y este se hunde lentamente en el colchón ensangrentado, los demás en la sala respiran aliviados.

Malick y Mohamed son dos de las seis víctimas de minas terrestres que ha habido en Jartum, capital de Sudán y aledaña a Omdurmán, que estuvo en primera línea de guerra durante casi dos años. “El frente”, dice Jamal Mohamed, médico jefe de 52 años, “puede que se haya desplazado hacia el oeste, en dirección a Kordofán y Darfur. Pero definitivamente no ha terminado. Ellos siguen siendo víctimas de la guerra”.