Cada vez más políticos hacen gala de fe religiosa para defender posiciones ideológicas ultra, hacer propaganda o captar adeptos para ganar elecciones
“Me gustaría entender, con mis pequeños ojos mortales, cómo nos veremos después. Sería hermosísimo si hubiera luz”. Con estas palabras, Aldo Moro se despedía por carta de su esposa antes de ser asesinado por las Brigadas Rojas en mayo de 1978. El político italiano había sido primer ministro y en el momento de su secuestro era líder de la Democracia Cristiana, un partido que gobernó durante más de 40 años y cuyo nombre encerraba no solo una declaración de intenciones, sino su razón de ser. Moro era católico, incluso podía manifestar dudas, como sugiere esa frase, pero por encima de todo era un estadista. Como él, muchos dirigentes de aquella formación dejaban la fe para su esfera vital más íntima: un comportamiento propio de cualquier representante público maduro y responsable que choca con una tendencia cada vez más asentada, sobre todo en Estados Unidos y en América Latina, de exhibir sonrojantes malabarismos religiosos en público y redes sociales. Todo, para defender posiciones ideológicas ultra, hacer propaganda o captar adeptos para ganar votos. O dinero.






