El ascenso de un portavoz de Vivienda que envuelve su discurso antiinmigración con retórica izquierdista profundiza en una línea que acerca a Abascal a Le Pen
Escena 1. Acto de Vox en Sevilla, marzo de 2015. En la calle Asunción, en Los Remedios, Santiago Abascal se sube a un banco para pedir con un megáfono el voto por la unidad de España en las autonómicas andaluzas de unos días después. Con una camisa que le asoma por el cuello del jersey marroncito, parece mimetizarse con la estética del barrio de la derecha de clase alta local por antonomasia, donde el líder de Vox apenas concita la atención de un puñado de viandantes. ...
Escena 2. Acto de Vox en Madrid, este mes. En un auditorio de Aluche, barrio con una composición marcada por las oleadas migratorias del desarrollismo y una larga historia de lucha vecinal, sube a la tribuna un joven de aire desaliñado, con un pendiente en una oreja. Ante una multitud, hila un discurso que empieza por elogiar a los barrios “peleones”, sigue por exaltar las “clases populares”, transita por la nostalgia de los tiempos en que los “hijos de la clase obrera” prosperaban y desemboca en un diagnóstico sobre el mercado de la vivienda. Madrid, dice, se ha convertido en el “patio trasero de los ricos del mundo”, porque PP y PSOE le han puesto “alfombra roja a los fondos” y a los “buitres”. Frente al “consenso en las plazas”, lamenta, hay una “oligarquía” que “ha convertido un derecho en un auténtico lujo”.






