En la campaña de las elecciones andaluzas de 2018, las que dieron lugar a la irrupción de Vox, Santiago Abascal se presentaba en un vídeo montando a caballo por el campo, con la actitud de quien prepara una cacería o supervisa una finca de su propiedad. Aunque el montaje llevaba la música de El señor de los anillos y pretendía lanzar un épico mensaje de reconquista, el clip fue utilizado por sus detractores para describir a Vox como un grupo de señoritos, de pr...

ivilegiados, de pijos alejados del pueblo. De hecho, ese ha sido un ataque constante al partido de ultraderecha desde que empezó a ganar protagonismo, tanto en Andalucía como en toda España. No parece que esta acusación le haya hecho mella.

Los datos demoscópicos indican no solo que la penetración de Vox va mucho más allá de los círculos acomodados, sino que Abascal y los suyos se acercan a su vieja aspiración de convertirse en un partido con sólido anclaje entre las capas más bajas de la clase trabajadora y los sectores sociales más humildes, de forma similar a lo conseguido por Reagrupamiento Nacional en Francia o Donald Trump en Estados Unidos.

Aunque los análisis del ascenso de Abascal en las encuestas suelen poner el énfasis en su éxito entre los jóvenes, sobre todo los varones, hay un fenómeno que ha pasado más desapercibido: su creciente calado en los estratos sociales inferiores. Así lo indica la evolución de la intención de voto que muestra la serie del CIS, en cuya última encuesta electoral Vox aparece como líder en tres de las seis categorías laborales remuneradas más bajas, así como entre los desempleados y entre los que se consideran pobres.