El número uno del mundo reflexiona para EL PAÍS sobre su vida y carrera tras imponerse a Sinner en un pulso colosal, desde enero, y rematar un año fabuloso
Instantes antes de que Carlos Alcaraz (El Palmar, Murcia; 22 años) se disponga a responder, los integrantes de su equipo acceden al vestuario y bailotean una especie de conga mientras el número uno del mundo ríe y ríe a carcajadas. Uno de ellos, el técnico Samuel López, bromea e intenta recostarle sobre un par de almohadones: “¡Así, así, que hay que descansar!”. “¡Pues claro! Y luego qu...
ieres que vaya rápido al hotel… Anda, anda, ¡iros ya pallá!”. Al tenista se le ve feliz, a la par que sereno. Aún gira la rueda. La competición todavía no ha terminado, recuerda, y tiene a tiro otros dos premios golosos: esta Copa de Maestros que se dirimirá durante el fin de semana y el broche cercano de la Copa Davis, a partir del martes en La Fiera de Bolonia.
Poco antes desfilaba junto a la estancia su padre, también Carlos, siempre educado y discreto, a la vez que entusiasmado con la interminable ascensión de su hijo. No es para menos. Alcaraz, joven genio de la raqueta, es el mejor tenista del año, el que más triunfos (70) y trofeos ha logrado (8); también el más dominante, según establece la clasificación. Por segunda vez en su todavía corta carrera, cerrará el año en lo más alto del listado. En un intervalo de solo cinco años, su vida ha dado un giro radical: del pueblo a lo histórico. Sin embargo, se adivina que mantiene los pies firmes sobre la tierra y que la fama no ha distorsionado la normalidad de él y los suyos.






